Re-visiones #8

Dossier

Cuerpo y deseo de escritura
—diarios—

Yera Moreno

Artista, docente e investigadora independiente (yeramoreno@hotmail.com)

Melani Penna

Facultad de Educación, Universidad Complutense de Madrid (melani.penna@edu.ucm.es)


Resumen

Empezamos como profesoras a tiempo completo en la universidad. Una en R.D. otra en MAD, nos separan un océano y el Caribe. Es la primera vez que estamos a tiempo completo en la academia, por eso tenemos ilusión aunque tenemos más de treinta y cinco años y a esa edad no se tienen ya tantas ilusiones, nos lo llevan diciendo desde pequeñitas: “el fuego, tanto el amoroso como el vital, se apaga con los años” o al menos debería.

Este es un intento de escritura desplazada. Como todo intento probablemente contiene en su gesto inicial ya cierta tendencia al fracaso, a instalarse en él como posibilidad de ser. Ser otra escritura que, aún en lo académico, reniega y pervierte lo académico mismo e imagina otro tipo de escrituras, atravesadas por el cuerpo y el deseo. Como intento, este borrador intercala y pone en diálogo distintos registros escritos (amorosos, laborales, cotidianos), cuya escritura es producida por manos que se desean, se tocan, se acarician, se aman, pero que ahora se viven en la distancia y se enredan en una escritura marcada, precisamente, por esa distancia geográfica. También dialoga con esas muchas otras que leemos y que nos acompañan.

Podríamos decir que escribimos este texto con el objetivo de cuestionar la academia y sus escrituras normativas, podríamos decir que lo escribimos para sacarle los colores a esa academia que nos expulsa, pero que se nutre de nosotras, de nuestras precariedades, de nuestros ritmos hiperproductivos y de nuestro deseo que soterrado y vestido de uniforme, late y produce papers. En este texto lo que hay es ese deseo, pero en bruto y sin formateo.

Nuestro último escrito a cuatro manos no salió bien, o sí, fue el Decálogo de ideas para una escuela feminista, tuvo mucho eco, como un grito en una cueva. Recibimos muchas críticas por ello, críticas anónimas, sin cuerpo, hacia nuestros cuerpos que escriben, que sienten, que disienten, y que imaginan que las escrituras, y los espacios en los que se producen, pueden ser otras, y, sobre todo, pueden compartirse con otras.

Palabras clave

Escritura; diarios; deseo; autobiografía; academia



CUERPOS TIMES NEW ROMAN

Material de registro (nos gustaría decir work in progress, pero preferimos proyecto inacabado, uno de tantos):

04/04/2018. Llego a S.C. alrededor de las 11:00 p.m. de la noche. Me recibe S. A.J. Va toda vestida de blanco, o más bien crema, bien cubierta. Está sonriente.

06/04/2018. Llego tarde al Consejo de Departamento. Entro y me siento cerca de mi grupo. Mi grupo son les profes de izquierdas, los que han luchado dentro de los movimientos de renovación pedagógica, los que decidieron nombrar a la nueva sala de reuniones del departamento Sala Paulo Freire. Casi todes están ahora a punto de jubilarse. No se qué voy a hacer cuando se jubilen. Cuando llego J.J. se ríe de mi pelo, me dice que parece que acabo de bajarme de una moto. Yo nunca le digo nada de su bigote, quizá debería hacerlo.

05/04/2018. En la puerta de entrada al recinto universitario el guarda me para, voy con uno de mis compañeros. Me dice que en el recinto hay un código de vestimenta, se aplica tanto al alumnado como al profesorado (no hace falta que me explique que en este caso el neutro es femenino, las sospechosas siempre somos nosotras). El código no permite faldas cortas por encima de la rodilla como la que llevo. Me pide que vaya a cambiarme.

Vuelvo al apartamento en el que estoy alojada, no encuentro la ropa adecuada en las maletas, finalmente logro cambiarme. Me pongo una camisa sin mangas y unos pantalones negros. Los pantalones tienen rotos a la altura de la rodilla. Regreso al recinto, entro, me esperan los compañeros y D. Mientras esperamos a salir, leo el cartel colgado en la puerta de entrada sobre el código de vestimenta. Miro mi ropa, esta tampoco cumple el código.

08/04/2018. Vivo cerca de la universidad. Antes, cuando solo era asociada, no me importaba salir a la calle de cualquier manera, no tenía miedo de encontrarme a compañeres en el barrio. Ahora empiezo a tener miedo, me siento menos libre. El otro día sacando a la perra me encontré con un grupo de profes que iba a comer a un restaurante cercano. Yo iba en chanclas y en pantalones cortos. Ellas iban de blanco y colores crema o pastel, ellos en tonos marrones, grises y negros. No noté muchas miradas raras y soy experta en captar esas miradas, aunque seguramente las hubo, ya lo dice mi madre, es imposible no fijarse en mis pelos de las piernas.

En las clases, aunque una no quiera, siempre acabamos hablando en algún momento de Descartes (también de Kant), supongo que es una más de las tantas contradicciones de transitar como filósofa, feminista, bollera y outsider. Tan imbuido tenemos ese dualismo cartesiano en nuestra cultura occidental, eurocéntrica, supuestamente heredera de esa tradición griega que se nos cuenta como el origen del pensamiento filosófico, que Descartes se vuelve casi inevitable dentro de la modernidad de esa tradición. Lo escribimos teniendo en mente a Aníbal Quijano (2000: 224) y su interpelación crítica al saber eurocéntrico y colonial, heredero precisamente del dualismo cartesiano, y a las relaciones que ha establecido entre el cuerpo y el no-cuerpo. Dichas relaciones problemáticas, definidas en occidente por la religión cristiana, alcanzan su máxima legitimidad en ese Descartes que hemos heredado, y en la primacía de una razón sin cuerpo o, más bien, a costa de un cuerpo reprimido y explotado, pero que a su vez es invisibilizado en unos casos, sobreexpuesto en otros. Si volvemos a la escritura académica es fácil constatar que buena parte de la misma se escribe desde esa razón sin cuerpo.Un cuerpo invisibilizado pero no invisible. Una escritura, la cartesiana, que tal y como señala Diego Posada Gómez (2017: 4) puede entenderse como una tecnología del yo, en términos foucaultianos, cuya producción consiste, precisamente, en el intento de un yo descorporeizado, que no siente ni padece; que simplemente escribe.

En medio, pensamos en Marina Garcés, a quien recurrimos en esas mismas clases, y en el filosofar como escritura, como inventora de unas ficciones escritas que llamamos conceptos y que nos permiten vivir, sobrevivir, existir, (re)existir. En su comprensión de las ideas como tomas de posición en el mundo (Garcés, 2016: 33), en ese estar en el mundo a través del lenguaje; en el lenguaje, del que también en cierta manera nos habla J. Butler (1993), pues cómo si no entender su reclamación de unos cuerpos que importen en/desde el lenguaje. Y acompañadas por ellas, no podemos evitar preguntarnos qué queda de esa vivencia, de ese cuerpo que vive, y lo hace a través de unas ideas que le permiten habitar el mundo en formas muy concretas, en una escritura filosófica que, gracias a esa misma tradición, parece haber querido expulsar al cuerpo. Pero ¿es acaso posible la escritura sin el cuerpo que la materializa y la sostiene? O se trata más bien de una de tantas ficciones modernas con las que vivimos y que nos creemos, aún a pesar de su imposibilidad.

Volvamos a Descartes y a su dualismo, a esa mente en un cuerpo, y a su búsqueda de la glándula pineal como conexión entre ambos, cuando tan separados se concebían ese cuerpo de esa mente. No sabemos si hemos cambiado mucho nuestros marcos simbólicos respecto a ese dualismo, qué sentido tiene si no ese decir cotidiano de “me duele el cuerpo”. Tanto lo hemos masticado que creemos hablar sin cuerpo. Pensemos en el desprestigio del cuerpo dentro de cierta tradición hegemónica, esa en la que la mayoría de nosotras hemos sido educadas: en filósofos que no sabemos si comían, si cocinaban, imaginamos que cagaban, que amaban y deseaban, que se enfadaban, ¿lloraban? También sabemos que paseaban. Ya se ha encargado cierta tradición narrativa de ofrecernos esa visión saludable del filósofo caminante —cómo no pensar, entonces, en los famosos paseos de Kant, en sus rutinas de paseo—. Y cómo no hacerlo acompañadas de la lectura del pasear de Rebecca Solnit (2015) y su crítica a esa historia del caminar —filosófico, intelectual— que una vez más no se ha ocupado de aquellos cuerpos para quienes el paseo no es la deriva agradable, reflexiva y solitaria del flâneur filósofo; no es, ni siquiera, una actividad apropiada ni permitida. No deja de resultarnos siempre irónico, hasta divertido, que esos paseos filosóficos sean contados en aulas donde los cuerpos permanecen tan inactivos y tan inexistentes —el dualismo cartesiano atravesando también la pedagogía—. Quizás, en esas aulas, podamos también entender el desencanto del que nos habla Irit Rogoff (2017: 45) no como una protesta, no como una oposición, no como una “forma de resistencia”, pero sí como ciertas lógicas o estrategias situadas desde el fracaso y desde esas “armas del débil”, que son utilizadas “para categorizar lo que parece inacción, pasividad y ausencia de resistencia en términos de una práctica para boicotear los negocios de los poderosos” (Halberstam, 2018: 98). Y aquí, los poderosos visten de académicos, acreditadores, profesorado, editores y revisores.

En diálogo crítico con Descartes y su dualismo, y con la escritura filosófica del no cuerpo —a pesar de la tan renombrada tradición del ensayo autobiográfico desde Rousseau hasta la filosofía actual del yo— Marina Garcés y su crítica al paper académico, ejemplo paradigmático del intento ficticio de una escritura sin cuerpo, como una asfixia del pensamiento filosófico (Garcés, 2013). También Remedios Zafra (2017) y su alter ego en El entusiasmo, ese cuerpo precarizado por la academia y por las montañas de papers académicos y revistas indexadas que, aún así, y llevada por su entusiasmo, escribe en mini pisos donde los otros cuerpos no son vistos, pero sí oídos, y en los que el deseo es hacia un cuerpo de una pantalla a otra, hacia un cuerpo que teclea y es visto a través de una webcam (como ahora estamos nosotras). Cómo no pensar que ella somos nosotras, y nosotras, ella. Y cómo no pensar en nuestras escrituras desde esas precariedades y esas esperas constantes por lo que está por llegar, tan propio de esta, nuestra posmodernidad neoliberal.

DIARIOS

15/04/2018
Echo de menos que me agarres la nuca,
que me tires del pelo,
que me beses los lunares que yo no me veo.

Echo de menos que me digas te quiero,
muchas veces al día,
que me muerdas ansiosa,
y pasar mi mano por las marcas de tus mordiscos.

Escucho a Rebeca Lane
y me pregunto cuándo volveremos a bailar juntas.

15/04/2018
Un nombre en España puede tener hasta 18 caracteres
Una breve bio son 500 palabras y te la envío en 5 minutos
Nuestra opinión en 12 000 caracteres con espacios
Un resumen 300 palabras
Un mensaje de texto antiguo son 170 letras
Una canción hortera son 8 palabras
los te quiero no los cuento

21/04/2018
Hemos hablado esta mañana. Las dos estábamos desnudas —de pantalla a pantalla— sintocarnos. Ese es ahora nuestro tacto.

21/04/2018
No sabía que había otras personas que se amaban. Pensé que solo nosotras estábamos enamoradas, nadie más. Pensé que eso era algo solo de nosotras.
No les veía por la calle, antes no me daba cuenta, no me fijaba. Pero están por todas partes, en el metro, también se tocan el culo, también se besan, también tienen pinta de estar deseando llegar a casa y hacer el amor.

24/04/2018
Mientras paseaba, vi a dos mujeres que iban de la mano. No sé si eran amantes, pero para mí lo fueron. Me inventé una historia para ellas —cómo se conocieron, cuánto se amaban, qué se decían una a la otra en susurros, qué significaba para ellas, en ese Monumento del caminar, un acto aparentemente tan trivial y cotidiano como tocarse e ir de la mano, y que a su vez es tan político y está tan lleno de deseo—. Recordé a Carmela García y su proyecto de Mujeres enamoradas. Me gustó que esas dos mujeres existieran, aunque sólo fuera para mí. Contarme su historia, fantasear con ella, inventarla, quizás, y que con ello existieran. Ahora que tan necesitada estoy de que existan ciertas historias, de existir.

Cuando volvía a casa vi a dos chicos intentando cruzar una calle. Cuando iban a hacerlo, en una vía con bastante tránsito, uno tocó al otro, fue un leve roce, como señal de que parase porque venía un coche. Y de nuevo ese roce, casi invisible, estaba contenido para mí de deseo entre ellos. Imaginé que ese roce contenía muchos otros. Y también inventé una historia para ellos.

Supongo que cada una de esas historias es una historia también para nosotras.

25/04/2018
Yo quiero ser Emily Dickinson
y plantar mis semillas contigo en algún lugar de la costa de California

O ser la Butler y meterte
mi dildo por el culo y que estalle en saliva

Ser Chantal Mouffe y hablar contigo de la política y lo político
para acabar viendo el atardecer en nuestro lugar favorito

25/04/2018
Pienso en el Borrador para un diccionario de las amantes (Wittig y Zeig, 1981) que, escrito también por dos amantes, hemos leído tantas veces juntas en la cama. En nuestro recitar los términos que ellas inventan y que son ocupados por una lengua bollera, reescribiendo nuevas historias gramaticales. Y en esa gramática tan poco académica y tan plagada de cuerpo, de ese deseo de ser en el lenguaje del que, de muchas formas, habla Butler. Me gusta el título, especialmente ese estatus de intento que denota todo borrador: algo que todavía no está dicho del todo, que está intentando decirse, que está en proceso de ser dicho o contado, pero que ya está siendo escrito (y que será leído).

Tú y yo, casi como un homenaje a ellas, hemos jugado muchas veces a escribir también nuestro propio diccionario. Hemos jugado a inventar significados para esos términos plagados de sentido, a llenar de lengua lo que ya está escrito por otres, inventando nuevas formas del decirse. Quizás eso sea lo que hacen las amantes: un intento nuevo, y a la vez antiguo, de ocupar el lenguaje. O al menos aquellas amantes que no tienen lenguaje que las cuente a ellas, que las dé existencia. Aquellas para quienes, como tú y yo, como muchas otras, el lenguaje es siempre una cierta situación de extranjería y de impostura. La reinvención lingüística, ese gesto tan cuir, creo que también tiene mucho de nuestra rebeldía, de tomar ese nombre que otras, otros, nos pusieron. Como cuando tu mamá, o tu amiga del cole, o tu prima, o tu padre, o tu hermana, te preguntaba si eras lesbiana. Y sabíais que ahí, justo en ese nombre, había algo de existir, de tu posible existir, pero también mucho de miedo, de curiosidad, de deseo de ser y de miedo a serlo. Tal es nuestra historia con los términos proscritos. Y ya que de apropiaciones se trata, ¿es acaso este listado disperso de nombres propios que venimos citando nuestro intento genealógico de unas escrituras, de unos cuerpos, que ocuparon lo académico y sus lenguajes para desviarlo? Probablemente, por eso las citamos.

Releo poemas que nos escribí hace tiempo. En ese intento de la escritura por hacer presente, por volver al cuerpo. En nuestro hacer un lenguaje que nos sea propio, que nos haga existir, que nos dé presencia en un mundo que, más a menudo de lo que pensamos, no nos quiere. Ahora, que tan inexistente soy aquí, estoy más que necesitada de ese lenguaje que nos haga existir, de ese deseo de ser-letra e inventarnos en y con la lengua. Encuentro, en una de las carpetas de mi escritorio, esos términos_para un nuevo diccionario:
ese buscar nombres

términos, a ser posibles vacíos y dispuestos a ser ocupados—
que nos acojan
y en un diccionario

tan limitado, con sus definiciones, sus usos, sus significados legitimados—
que no está hecho para nosotras
[tú y yo no estamos en él]

04/06/2018
Hoy tuve una idea de esas que me gustaría contarte pero no puedo porque no estás aquí. Podemos continuar el “Decálogo de ideas para una escuela feminista” con “Vindicaciones para una academia feminista”. También podríamos llamarle “Decálogo de ideas para una academia feminista” título continuista pero que puede tener su enganche. Me gustó que el decálogo reabriera ciertos debates importantes, como el uso de los patios en los recreos,  la presencia de las mujeres en el curriculum o la censura de escritores marcadamente machistas como Neruda, Reverte o Marías. Mientras que nuestras amigas nos decían que las ideas del Decálogo eran básicas, el abc del feminismo aplicado a la educación, a la prensa les parecimos la nueva Inquisición. Nunca te lo dije pero durante unas cuantas semanas tuve miedo de que apareciera algún machista de los que nos insultaban por las redes en el despacho de la facultad y me pegara un tiro o me destrozara la cara.

CUERPOS TIMES NEW ROMAN

26/05/2018. Hoy tengo un acto institucional. La verdad que los actos institucionales son espacios que no llevo nada bien. M. sin embargo se siente como pez en el agua. En la pausa para el café todo el mundo habla con todo el mundo, hacen relaciones que luego les abren puertas. Yo no hablo con nadie, me salgo a la escalera y me tomo el café sola mirando a la calle y pensando que toda mi vida ha sido en parte así. Si no fuera por el activismo, el arte y los lugares de ambiente bollero hubiese pensado que soy una persona sin ningún tipo de interés ni habilidad en las relaciones sociales, pero no es así. Cuando quiero me relaciono perfectamente y disfruto con ello. Es solo dentro de la academia.

06/04/2018. Escucho diversos comentarios de mis compañeros sobre el código de vestimenta y, en particular, sobre mi vestimenta. Vamos de excursión a la playa, voy con bikini. El viernes me aclaran que a la excursión puedo ir vestida de manera algo menos formal (es decir, mostrando algo mi cuerpo).

Me acribillan los mosquitos, tengo picaduras por todas partes, parecen ser los únicos, ajenos a cualquier código, que insisten en que sigo siendo un cuerpo. Uno de mis compañeros se burla “mientras vayas así vestida, te seguirán picando”. Llevo un short y una camisa sin mangas. Me sigue haciendo comentarios, bromeando (o eso piensa) sobre lo poco adecuado de mi vestimenta.

Con todo ello, cómo no pensar en bell hooks (1994), y en ese texto que tantas veces hemos leído junto a otras, en el que nos habla de esos profesores vestidos siempre igual, con su pantalón de pana y su chaqueta de tweed, como una parodia fingida del no cuerpo, de esa razón cartesiana, o de ese filósofo incorpóreo cuya escritura pretende ser una escritura sin cuerpo. Cómo no reconocer en ellos la figura del intelectual, del escritor, contra el que luchamos, de manera cotidiana, como cuerpos que somos, tan visibles e hipervisibilizadas, tan vivas y deseantes, tan dolientes y enfadadas.

Todas las mañanas me miro en el espejo, pensando en si mi ropa pasará la inspección que, sin decirlo, me hacen en la puerta. Todas las mañanas hago mi metamorfosis hacia el profesor legítimo con su camisa y su pantalón. Todas las mañanas soy él, y soy, y no soy yo.

EL DIARIO DEL DESEO ESCRITO CON LETRA TIMES NEW ROMAN. PRÁCTICAS PARA UNA DESVIACIÓN

Decálogo de ideas para una academia feminista

Parte primera: Vindicaciones en torno a los artículos y otras publicaciones

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Ya advertimos que esto era un intento, un borrador previo a algo. También que, como intento, contenía ya en su gesto cierta tendencia al fracaso. Pero nos interesa el fracaso, estamos acostumbradas a él, cargamos con muchos fracasos a cuestas. Nos interesa por lo que posibilita, por lo que puede implicar, en cuanto a “lo imposible, lo inverosímil, lo improbable, y lo ordinario” (Halberstam, 2018: 98) y porque al perder podemos imaginar “otros objetivos para la vida, para el amor, para el arte y para el ser” (Halberstam, 2018:98) que escapen a las lógicas y las narrativas del éxito en las que somos educadas. El fracaso nos interesa como forma política de resistencia, como posibilidad de identificación y de articulación de un nosotras desde el sentir, desde el deseo, desde la frustración, desde la pérdida. Por eso, pensar en un posible diálogo entre dos formas tan opuestas de escritura, el diario y el paper académico, puede que sea ya un intento fracasado de escritura.

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Las raras, lesbianas, desviadas, zorras, pervertidas que poblamos y damos vida a la academia reivindicamos:

La primera persona del plural en la redacción de nuestros escritos. Porque los escribimos nosotras y es importante nombrarnos.

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Llevamos semanas pensando en este artículo, en cómo y desde dónde escribirlo. En hacerlo juntas, ahora que estamos tan lejos, en escribir desde nuestra escritura del deseo. En si dos diarios, compartidos desde el exilio, pueden ser reescritos para un circuito público, en el que ser compartidos por otras, ajenas a nuestra correspondencia, y en si ese gesto puede desubicar, o más bien reubicar, esos escritos privados e íntimos en una escritura académica pervertida. Ésa es al menos la intención. Tras unas semanas de espera, la escritura llega en un día de lluvia, en ciudades que nos son extrañas y en las que nos cuesta existir, lo que se traduce en que nos cuesta respirar. Llega tras noches de insomnio, de precariedad prolongada, de soledad.

Con la intención de poner el cuerpo en la escritura, hemos compartido fragmentos de nuestros diarios. Somos conscientes de que este gesto no es nada nuevo.

[Nos compartimos entradas en el diario. Escribimos porque pensamos que, en la distancia, es una forma de tocarnos, de acariciarnos, de follarnos. Cuando nos volvamos a ver, seguramente antes de que se publique este artículo, el diario completo será para la otra. Para quien siempre fue desde el principio. El diario nos parece una forma más de amarnos, de encontrar nuestro propio lenguaje y construir una realidad vivible en esta academia en la que somos cuerpos impostores de ciertas ficciones].

Nos interesa el diario porque en él no hay disimulo del cuerpo. Porque en el diario, el cuerpo está presente y se hace presente. Porque frente al paper académico, que “habla desde una subjetividad des-afectada” (Posadas Gómez, 2017: 5), nosotras diríamos más bien des-corporizada, el diario es cuerpo y es deseo. Porque si con el paper podemos “fingir que el cuerpo no participaba, que permanecía mudo y quieto mientras la mente pensaba” (Leigh Foster, 2013: 12) y escribía, el diario es la escritura del cuerpo. Con ello, desvela que el propio “acto de escritura es un trabajo físico” (Leigh Foster, 2013: 20), corporal, marcado por el deseo, pero también por el cansancio, por la tristeza, por la precariedad, por el agotamiento, por la edad. Porque si el paper académico es la escritura de un sujeto, el diario es la escritura de un cuerpo.
Porque un diario es lo contrario de un artículo académico. Es la primera persona, es la duda, es el yo presente, es el conocimiento que nos da la experiencia. Y aquí la duda es potencialidad política, porque se enfrenta al buen hablar, al saber, a las verdades y los conocimientos; es no saber, un no estar segura, es un balbuceo que se enfrenta a “la configuración del poder” (León, 2018) en la voz y en el lenguaje.  Son todos nuestros miedos, es algo que se escribe y se lee cerca de la cama. Reflexiones personales hechas desde el cuerpo. Y hablar desde el cuerpo es hablar como hablan los personaje de Virginie Despentes (2016, 2017 y 2018) después de haberse esnifado un montón de coca. Hablar de cómo te has levantado, de lo que has hecho ese día, de lo que piensas del trabajo, de lo que follas, de lo que comes, de lo que estás investigando, de tu familia, de lo que te gustaría hacer si todo va bien, de los malestares que no te atreviste a nombrar y quizá sí te atrevas a escribir.

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La libre estructura de los artículos. Entendemos que un artículo es una creación literaria. Así, no todos los artículos tienen que tener RIMRC (resumen, introducción, metodología, resultados y conclusiones).

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El artículo académico, como producto del sujeto que escribe, y no del cuerpo, es formateado bajo estándares formales que han de reflejar esa subjetividad (objetiva, científica, académica) de la que es producto; su legitimación y saber, su estatus de verdad digna de ser transmitida entre círculos especializados, queda asegurada, precisamente, por el cumplimiento de esos estándares de la forma de la escritura que le dan credibilidad. Por eso, el diario, lo poético, ese no saber decir en términos académicos, es desechado a los circuitos marginales del saber. Porque dejan ver el cuerpo y sus precariedades, pues en su desvelamiento de lo íntimo, también se desvela “la vulnerabilidad de los cuerpos y su interdependencia con respecto a otros cuerpos” (Pérez y Montoya, 2018:11). Así, si el paper académico es ejemplo paradigmático de la universidad como centro hiperproductivo y de sus lógicas de mercado, las escrituras desde el cuerpo no pueden sino situarse en sus márgenes como lo no productivo, como no saberes académicos ni sistemáticos cuya escritura es difícilmente encajable.

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La eliminación de los pares ciegos de evaluadores ya que no consideramos que esta sea una metodología apropiada para la valoración de un artículo. Frente a los pares ciegos reivindicamos un consejo de expertas que valore los artículos con la intención de mejorar los mismos y ayudar a las autoras en su redacción desde un diálogo horizontal y presencial.

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Nos permitimos incluir uno de los comentarios de una de nuestras evaluadoras. Lo encontramos al margen de la página, lo leemos, y nos imaginamos quién es ella. Probablemente ella esté haciendo el mismo ejercicio con nosotras al leer este escrito y tratar de evaluarlo. La desaparición forzada de los cuerpos que escriben y de los que leen y evalúan.

[Autor:

Comentario 1: Estos comentarios son un intento de revisar un texto introduciendo el cuerpo y el deseo. Revisarlo desde el cuerpo. ¿Cómo revisar desde el cuerpo y, al tiempo, desde el anonimato? ¿Cómo evaluar un texto que es cuerpo y que es deseo? ¿Qué legitimidad? Estos comentarios son una intromisión no deseada para este formato, no es ese diálogo horizontal que quisiera/quisiéramos, que no es posible en esta metodología tan in-corpórea. Soy una sombra roja en el margen. Esto también es un intento (borrador/fracaso) de escribir/revisar desde el cuerpo, a escondidas en el ordenador de mi oficina, sin que me vea el jefe, apuntando estas horas a otros proyectos que alargo, porque en mi casa hace demasiado calor —el cuerpo suda, porque no tengo dinero para comprarme otro portátil y el mío ya no funciona, porque me pagan tan poco en la oficina que no creo que se merezcan otra cosa.]

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La libertad estética de nuestros artículos académicos que incluya la posibilidad de usar colores, formas y tamaños diversos en lo que escribimos. Esta estética abierta revertirá en unos contenidos más dinámicos y sorprendentes.

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Con un objetivo científico y ligado a ciertas narrativas de la verdad y la argumentación, la escritura académica ha dejado de ser una “práctica creativa del saber” (Rogoff, 2017: 45) para convertirse en una práctica legitimadora de verdad. Para ello, dicha escritura ha dejado de ser una narrativa visual y se ha convertido en un discurso conceptual cuya estética viene marcada por normas de estilo y citación, por letras times new roman y arial 12. A diferencia de ella, el diario, como escritura corporal deseante viene para nosotras de una búsqueda, de una necesidad para encontrar formas —creativas— de narrarnos. Aún siendo muy conscientes de esa brecha abierta, de esa herida generada entre el lenguaje que necesitamos para decirnos, y lo que realmente queda sin decirse en él, por imposibilidad propia del decir mismo. Traemos, por ello, una frase de Cavell (2017:16), que feminizamos, en un gesto más de perversión de nuestra escritura, exiliadas de nuestras palabras, en una posición en la que no estamos seguras de querer decir lo que decimos. Imposible al leerla no pensar que ese, justamente, es el proceso de cualquier escritura y casi de cualquier decir, ese intento por decir que queda corto, que devela una fricción, pero también una separación entre lo que quisimos decir y lo que dijimos. Entre lo que quisimos escribir, y lo que quedó escrito. El desaliento, pero también la posibilidad imaginativa de la escritura, y su configuración como imagen corporal.

ÚLTIMO GESTO INAPROPIADO DE DOS CUERPOS QUE ESCRIBEN

Nuestros diarios son un poco pervertidos porque sabían que si se portaban bien podían optar a ser publicados en una revista de impacto. Son pervertidos y hablan desde dentro, por eso son atractivos, altivos y cercanos a la verdad. Nuestros diarios consiguen hablar desde el cuerpo a la academia. Aunque puede que la academia, por lo altivo de nuestra mirada, nos dé la espalda. Estamos acostumbradas.

Quizás la academia y sus escrituras no estén preparadas para inútiles gestos poéticos de cuerpos disidentes. Quizás se nutra de nosotras, gustosa, y de nuestro “no parar de escribir, de publicar, de presentar tu trabajo por doquier, de postularte a cualquier tipo de convocatoria” (Ávila, Ayala y García, 2018: 59).

En nuestra altivez, casi como un gesto más de esa “estética queer del fracaso” (Halberstam, 2018:108), nos gusta pensar que gracias al diario, nos podemos reír de la academia y a la vez utilizarla, como unas parásitas. Como esas zorritas que nos gusta ser. Nos quedamos. Creemos que nuestra sola presencia, con nuestros pelos, con nuestros escotes, con nuestra violencia y nuestra agresividad, es revolucionaria y posible. Y está ahí para que nos miren, aunque no les gustemos.


Bibliografía

ÁVILA, Débora, AYALA, Ariadna y GARCÍA, Sergio (2018), “La universidad y la vida…, o cómo mantenernos vivos en medio de la neoliberalización de la Universidad”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, vol. LXXXIII, nº 1, Enero-Junio, Temas emergentes “Precariedades en la Academia” (coordinado por Marta Pérez y Ainhoa Montoya).

BUTLER, Judith (1993), Bodies that Matter: On the Discursive Limits of “sex”, New York-London, Routledge.

CAVELL, Stanley (2017), ¿Debemos querer decir lo que decimos?, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.

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GARCÉS, Marina (2013), “La estandarización de la escritura. La asfixia del pensamiento filosófico en la academia actual”, Athenea Digital, 13 (1), Marzo.

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HALBERSTAM, Jack (2018), El arte queer del fracaso, Barcelona-Madrid, Egales.

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QUIJANO, Aníbal (2000), “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en LANDER, E., La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas, Buenos Aires, Clacso.

LEÓN, Carolina (2018), “En mi humilde opinión: sobre la voz pública del feminismo y la potencia de la duda”, Píkara Magazine. http://www.pikaramagazine.com/2018/08/voz-publica-del-feminismo-y-la-potencia-de-la-duda/. [consulta: 28. 08. 2018]

LE GUIN, Ursula K. (2018), Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación, Madrid, Círculo de Tiza.

LEIGH FOSTER, Susan (2013), “Coreografiar la historia”, en NAVERÁN, Isabel y ÉCIJA, Amparo (ed.), Lecturas sobre danza y coreografía, Madrid, Artea.

MORENO SAINZ-EZQUERRA, Yera y PENNA TOSSO, Melani (2018), “Preguntas que nos hubiera gustado responder en relación al “Decálogo de ideas para una Escuela Feminista”, Píkara Magazine. http://www.pikaramagazine.com/2018/04/autoentrevista-decalogo-de-ideas-para-una-escuela-feminista/. [consulta: 28.08.2018] 

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HAR2013-43016-P I+D Visualidades críticas, reescritura de las narrativas a través de las imágenes